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escrito sobre un cuerpo
I
Etrange mélange. Todo cuerpo es extranjero y necesita traducción. Duerme, mi amante, mon petit, my lover not, mein liebe. Cuando dejé de escribir para que me leyera y sólo encontraba su signo sin idioma. Y su cuerpo página eludía mi pluma. Oíl del agua, aceite espeso donde un dedo escribe lo que no se lee. Sólo un segundo: un círculo se cierra en la noche petróleo. Strange il mio stranniero. Una abstracción que sofoca el ojo. Tanta piel para dibujar un horizonte. Mi amante allá lejos, príncipe cazador de un alfabeto fugitivo. Quien quiera leerte debe escribir primero: a lengua, a pincel, cincelar el párpado del sexo con los dientes, sorber la tinta, venir de algún sitio de la muerte para sitiarte en un gesto: dans le plein silence, extraer la joya del silencio y estrellarla contra un copo de nieve. En la piel blanca, en la planicie del pecho con estrías de plata: el silencio de un silicio; amante monje, en el pentagrama rojo de los huesos: costillas al trasluz de un vitraux de invierno, un papiro que se yergue, el rayo de la noche escribiendo rojo sangre, hilillos de una fe sobre un cuerpo magro. Escritura sobre un mármol con carmesí violento. Una vez mi boca se posó sobre ese erizo, líneas invisibles como aletas de pez: la herida de Dios sobre ese pecho. Duerme, amante mío, que los peces espada te asaltan el sueño. Hago un plumín de sus cartílagos y marco sobre el signo el tiempo que no estuve. Como el erizo, ya bebí el carmín. Sabor a rojo seco. Se te aproximaron con cálices, con campanas. Qué músicas de tinta pondrían en los cuencos, y qué músicas arrancan los que rasgan con el roce el papiro de tu cuerpo, amante egipcio. Ocultador de las claves del secreto del Libro de los Muertos. Y no hablare de mis muertos que sorprendí viviendo en el abismo de tu axila. Olor a selva escrita con pie ciego. Una esquela me mandaron mis muertos en mi amante petit lover, liebe herz.
Hago una pausa.
Hay cosas que para decirse en letra carne requieren de una pausa. De otra forma falta aliento. Y el poema como un vidrio se empaña y corta como un vidrio
II
Porque he vaciado todo cuenco hasta el ronquido para hablar de tu alma. Porque habló en mí hasta vaciarme. Hasta extraer el aire de mi alma. Como un asma. Como un aspa. Hasta allí el estallido, y la palabra fatigada no salía. No acababa de parir. (¿Temía la palabra la partida? ¿se le partía el alma a la palabra ?) Porque escarbaba el escritor que había en mí, moría en mí, cuando tu alma, aliento en mí me hablaba y no alcanzaba a traducirla. Eso dolía. El huracán soplaba su noche de Walpurgis. Y el lenguaje; el lenguaje asonaba. Aspiraba
Silencio.
III
Porque he hablado de tu alma, ahora voy a escribir sobre tu cuerpo. Ahora voy a leer lo que otros escribieron en cada pliegue que rozo mientras dormís. Aquí la pampa. Aquí el desierto. Los lugares donde no se entra sin dejar sobre sí mismo cicatriz. Aquí, el desliz de un beso. Boca que fue a manchar con moras, con romeros, Allá, donde el tiempo es una larga siesta de las monjas, y el secreto un sexo de niña que sonríe como una boca mientras llora a ojos tan nítidos, como los de una niña que llora, desnudo su sexo, en el secreto de un recreo. Suena la campana de avispas. Mujeres de tocas negras en la colmena de la hora prohibida. Bajo un manto: es el Cielo. Pero no está Abierto, todavía. Cielo cubierto por lonas escolares, verde frescor de hierbas con un almizcle dulce en el picor del sexo.
(Al despertar siempre es temprano..)
IV
Vaciado cuerpo en mí. Molde de Todo. ¿Hasta cuándo he de sostener con un cirio solitario en medio de los vientos, en la tormenta inacabable? A veces me sorprendo súcubo de tu insomnio, espectro de los cuerpos que estallaste, astillado en una espera, como un Cristo de madera esculpido a dentelladas, con un clavo en el alma y otro en el sexo. Vaciado cuerpo en mí, en mi alarido abarco Todo: los resto que nadie abarca, la barca que los envía mar adentro de los gritos, a la isla del silencio, con una llaga en la lengua cuando te hablo con una llaga en la mano cuando te toco. Abandonado de Todo, cuando la noche se eriza, estrías de hielo en la piel, borde de Todo. Pensé que alcanzaría tu palabra. Que ella me alcanzaría como un mensajero. Pero sus pies no son alados. Llevan siempre tu secreto hacia el desierto. Y hacía él vas ligero, porque vaciaste Todo en mí: Un peso muerto.
Soñaste, una noche, con mi cuerpo mutilado.
Mi cuerpo en un colgajo de espadas. Lacerado.
Cortado al medio, destruido entre verdugos.
Y vos, atado
como un santo al obligan a mirar las torturas infligidas a quien fuera el único testigo de todos sus milagros.
Soñaste, un día, con mi cuerpo mutilado.
Como un exorcismo, en el terror del sueño traducías mi miedo: que sólo leyeras mi cuerpo como Libro arrancado;
quemado por el tiempo que esperó en su Alejandría al lector que le estaba destinado, Un segundo después que entrara el Califa
y luego el fuego.
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